por Sebastián Incaurgarat (lector)

En una tarde muy calurosa de noviembre, paseaba por Buenos Aires y recorría la Avenida Corrientes, en busca de alguna película, disco o libro de mi interés a un valor acorde a lo angosto de mi bolsillo. Ingresé en una librería y luego de hurgar un rato en las mesas de saldos -ante mí sorpresa- encontré una joya de la literatura norteamericana contemporánea: Todo un hombre de Tom Wolfe. ¡A tan sólo 8 pesos!

Meses más tarde, tuve el privilegio, junto a otros miles, de escuchar su conferencia “Crónicas de Estados Unidos, una sociedad en cambio” en la Feria del libro de Buenos Aires, en 2008. Luego de la exposición, y tras media hora de cola, con toda su amabilidad y elegancia estampó su garabato en ese barato ejemplar. ¿Qué hubiera dicho si le hubiese contado que pagué su libro a menos de 3 dólares?

Si bien, después de la visita a nuestro país, me entusiasmé con sus obras, tardé en comenzar a leer Todo un hombre. Labor que llevé a cabo un tiempo después.

La novela se centra en las relaciones que se generan en la ciudad de Atlanta en la década del 90, y cómo el miedo de perder posición social es lo suficientemente importante para desvelar hasta al más rico, motivar al que está en ascenso, y manipular a los que nada advierten.

La obra expone a Charlie Crocker, un agente inmobiliario, que se va desmoronando a raíz de un préstamo bancario que no puede pagar; Roger White II, otro de los personajes, es un abogado negro que debe trabajar en un importante caso y así evitar un conflicto racial; por último, Conrad Hensley, un joven voluntarioso y responsable que debe enfrentarse a un proceso carcelario que lo marcará. A través de estas historias, el autor de "El nuevo periodismo" representa, critica y condena la sociedad norteamericana, sobre todo a las hipocresías del poder y a los caprichos de la riqueza.

Al igual que "La hoguera de las vanidades" y "Soy Charlotte Simmons", el escritor de traje blanco tomó argumentos de la realidad. Así es que hace un tiempo ya, había declarado la muerte de la novela. Tom Wolfe coincidió con el novelista estadounidense Philip Roth sobre que “ningún novelista puede imaginar nada tan extraordinario como lo que se lee en los diarios”, y Todo un hombre, si bien se trata de ficción, es una novela real y fielmente adaptable a cualquier circunstancia actual en Estados Unidos sobretodo por la crisis que atraviesan.

No comparto la opinión de Bukowski, quién decía que Wolfe era el peor escritor de Estados Unidos, sino todo lo contrario. El periodista interpreta y describe la sociedad norteamericana con originalidad. Comenzando con sus trabajos en la década del 60 cuando retrataba los movimientos sociales y desde los 80 hasta la actualidad representando el american-way-of-life.

Por Fernando del Rio
fernandodelrio@lacapitalmdq.com.ar



Malas decisiones y un azar mezquino habían acorralado al jugador y con un gesto indisimulable de resignación empujó hacia el centro del paño verde el puñado de fichas que le quedaban. El mexicano dio vuelta sus cartas seguro de que su adversario alemán acabaría con quedarse con el premio mayor. Intuía que el otro tenía una Reina. Y así fue como el mexicano con su cara que expulsaba las hormonas en forma de acné se transformó en el último expulsado del Casino Central.

El final del campeonato de póker jugado en las mesas del Casino Central de esta ciudad bien pudo haber sido ideado por Francis Bret Harte, aquel funcionario público de niñez sacudida por la inquietud de la lectura y que recién a los 31 años se animara a publicar sus textos. Apenas se conocieron las dotes de escritor de Harte, la fama y el dinero llegaron en la California pujante de fines de siglo 19. Y para su consagración aportó una dosis determinante el cuento "Los expulsados de Poker-Flat" ("Outcats of Poker-Flat"), que narra el destierro de un grupo de personas a las que juzgan perjudiciales para la salud moral de un polvoriento pueblo del Oeste estadounidense.

Entre los que deben dejar el lugar está John Oakhurst, un frío jugador de póker cuya condena la discuten aquellos a los que les quitó todo el dinero y los otros, los menos, con los que alguna vez perdió. Los primeros pretenden colgarlo de las ramas más fuertes de algún árbol, en contrapartida de quienes sugieren el destierro. Finalmente, dice Harte, "un imperfecto sentimiento de equidad de los que habían tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst, acalló las mezquinas preocupaciones locales".

Harte coloca con estrategia a Oakhurst entre un pequeño grupo de personas al que escoltan hasta las afueras del pueblo. Allí los cuatro expulsados (una joven llamada la Duquesa, una mujer mayor de vida y profesión impura, y un viejo ladrón y borracho) deben buscar la manera de avanzar hasta el siguiente pueblo, aunque sin posibilidades de conseguirlo por la escasez de medios. Todos están condenados a muerte.

Y allí es cuando lanza Oakhurst una de sus máximas, al entender que no será sencilla la supervivencia en un entorno tan letal, con la nieve acumulándose por las noches y los kilómetros cada vez más densos que los separan de Sandy-Bar: "Cuando un hombre llega a tener una suerte borracha, antes se cansa la suerte que uno. La suerte -continuó el jugador pensativo- es cosa extraña. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe variar. Y el descubrir cuándo va a cambar, es lo que los forma. Desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. Se reunen con nosotros y les pilla de medio a medio. Si tienen ánimo para conservar los naipes hasta el fin, están salvados".

Algunos jugadores en Mar del Plata desafiaron a la suerte, la pretendieron compensar con sus conocimientos sobre estadísticas, probabilidades y psicología del rival. Pero en el fondo, la destreza muchas veces cede ante el azar. La vena de la mala suerte de la que hablaba Oakhurst termina con él y con todos los demás, en un brillante relato de Harte.

Este cuento fue elegido por Jorge Luis Borges como uno de los mejores que jamás haya leído y se refirió a Harte al decir que "comparte una facultad con Chesterton y Stevenson: la invención (y la enérgica fijación) de memorables rasgos visuales". La versión traducida para "Bocetos californianos" de 1909, publicada por la Biblioteca La Nación, es la que compone el volúmen "Cuentos memorables según Jorge Luis Borges".

Harte es una gran lectura. Hablan de Poe como el creador del cuento moderno, pero sin dudas, Harte fue quien con sus "Cuentos del Oeste" estableció una estética literaria que resultó ser la savia de la literatura estadounidense del siglo pasado. "El cuento corto de hoy -dijo Harte de manera visionaria en 1899- es la gema de la cual surgirá la literatura americana del futuro".

Decididamente, Harte es una gran lectura.

por Daniel Villarreal
villarreal@lacapitalmdq.com.ar

Basado en un clima de temperaturas agradables que se extienden hasta mediados del otoño, los encuentros entre amigos proliferan tomando como excusa la comida para compartir un buen momento. Así, estos cónclaves de atorrantes y familiares se suceden a metros de una parrilla, donde los expertos comensales llegan temprano para formar parte de la previa y, copa en mano, hacer refunfuñar al “cocinero” con opiniones contrariadas sobre la distancia que separa a las brasas del asado o la cantidad de fuego preexistente… Sin embargo, esos comentarios maliciosos pasarán inmediatamente al olvido tras el primer descorche, brindis y elogio sobre la pericia gastronómica del anfitrión (en ese orden).

Pero, la idea es detenerse un aspecto de esta singular costumbre argenta. Es ese hábito que nos hace disfrutar de tenidas a las que suelen sumarse picadas mínimas o algún queso. Y es, justamente, el placer de la copa en mano.

Porque tal como reza el slogan de la Asociación de Vitivinicultores Argentinos, “tomar vino no es una ceremonia, es una fiesta”. Es por ello que para estas ocasiones resulta propicio alejarse de las solemnidades, histerias y sofisticaciones de moda que vierten algunos simples consumidores que confunden el buen gusto con jactarse de irrefutables catadores.

Es que tanto en las carnes asadas como en los buenos tintos (sí, no existe otro maridaje posible), la sencillez es el regazo del talento.
Asimismo, para estas imperdibles reuniones hay una práctica tan utilizada como conveniente que resulta sumamente interesante. Y es que cada asistente o pareja aporte una botella de vino a elección propia. De esta manera, tanto la comida, como el antes y el después, tendrá un amplio abanico de notas al paladar que romperá con la monotonía. A su vez, se dispararán los comentarios o debates respecto de la bebida en cuestión.
Así, el sabor del encuentro también permitirá descubrir o afianzar los gustos sobre las numerosas opciones que ofrece este noble producto de la vid. Pero para ello no hay un orden preestablecido: la idea es que lo importe si repetimos un malbec y luego pasamos a un cabernet, cambiamos de marca, o del merlot saltamos al syrah. No, en la variedad está la diversión.

En este sentido, apuntando al bolsillo de la clase media, existen muy buenas opciones de calidad a bajo costo, tomando como parámetro un segmento de tarifas al público que fluctúa entre los 12 y 20 pesos. Claro, me refiero a la compra en góndolas o negocios del ramo, no a los restaurantes y fondas. En fin, aquí van algunos resultados de estas experiencias basadas en vinos jóvenes de poca guarda:

Trapiche: Uno de mis vinos de mesa preferidos. Sin dudas es una de las bodegas que mejor conoce la relación precio-calidad, que concluye en una generosidad marcada en los varietales, tal el caso del malbec. Intenso y suave al mismo tiempo, aterciopelado al paladar.

Trapiche Origen: Por unos pocos pesos más que en los varietales, se llega a esta colección donde comienza a percibirse ciertas notas a madera. Es, quizás el paso previo los vinos de alta gama de la bodega como los accesibles Fonde Cave o los exclusivos y multipremiados internacionalmente productos de la línea Medalla.

Los árboles: Este bivarietal de Navarro Correas resulta ideal para fiestas. Según la bodega, está línea de Los árboles está pensada para su consumo diario, ofreciendo vinos de atrayente juventud, suavidad y agradable sabor.

Postales del fin del mundo: La Bodega del Fin del Mundo lanzó esta línea de buena calidad que, obviamente no llega a los reserva. Para las carnes es muy recomendable el cabernet sauvignon, que se caracteriza por ser un vino tirando a dulce, frutado con notas de mentol y tabaco, de larga persistencia en boca. Otra muy buena opción de esta firma con asiento en Neuquén es el Ventus.

Graffigna Vínculos: En el bivarietal syrah-cabernet, este sanjuanino es un vino redondo y terciopelado, que presenta taninos suaves, maduros y bien integrados con nota de café y vainilla.


Callia Alta: La variedad syrah es la base de esta línea. Exquisitos vinos jóvenes, frutados con una ligera complejidad y estructura, aportada por una corta crianza en madera que se nota con
perdurabilidad en boca.


Benjamín Nieto: Este producto de Benjamín Nieto Sanetiner, tanto en malbec como el cabernet sauvignon resultan ideal para un asado con amigos. Su textura, color y aroma, encantan en cualquier agasajo o evento importante. Sin lugar a dudas es un excelente compañero de las
carnes rojas.

Quara: Este producto de Bodegas Félix Lavaqué rompe con el axioma popular de que en Cafayate (Salta) sólo hay buenos torrontés. Sus variedades son ampliamente recomendables, desde un éxotico tannat, pasando por el tradicional y argentino malbec hasta el cabernet. Todos
confluyen en una guarda de 5 años.

Valmont: Es un típico producto de Chandon que se afianza entre los jóvenes. Integrado por uvas pinot noir, cabernet y malbec tiene mucha intensidad de frutas, suavidad y frescura.

Latitud 33º: El cabernet sauvignon es quizás uno de los mejores vinos de Chandon, con una muy buena relación calidad precio. Dentro de su gama resulta una opción para el consumo regular dado que mantiene uniformidad a pesar de bajo precio

Don Valentín: Desde el punto de vista del mercado es la alternativa de Bodegas Bianchi para competir con los Valmont y Latitud 33º de Chandon. Añejo un año en barriles de roble y estacionado en botella posee un aterciopelado sabor, estructura media, paladar suave con
fondo de cerezas.

Cafayate: Un buen Malbec de bodegas Etchart. Proveniente de uvas de viñedos de mas de 30 años y es considerado un fiel exponente del Valle de Cafayate. De color rojo profundo, con matices violáceos y aromático en nariz con buen cuerpo.

Los Haroldos: El bivarietal cabernet-malbec es un vino joven y frutal. Presenta un atractivo color rojo violáceo. Su aroma es complejo; se destacan frutas rojas y notas especiadas. En boca es redondo, con buen cuerpo y larga persistencia.

Goyenechea: El cabernet de esta línea, un clásico proveniente de San Rafael, tiene un magnífico color y aroma frutal con un 20 por ciento de Merlot. Posee buen cuerpo y cálido

Don David Malbec: Elaborado por bodegas El Esteco, tiene un color rojo vivaz con destellos violáceos y tonos de cereza. Es un vino equilibrado con taninos dulces y suaves con notas de frutas secas y tabaco. Largo y agradable final.

Marcus: Realizado por la patagónica bodega Humberto Canale, el merlot tiene un intenso color rojo granate, aromas frutados a frambuesa, cereza, cassis, grosella; a la boca se presenta pleno, suave, aterciopelado, muy frutado e intenso, de buen cuerpo, con notas de tabaco, chocolate y vainilla. De largo final de boca. Para acompañar carnes de cordero.

Estiba I: En la variedad malbec, este es un muy buen vino de bodegas La Esmeralda. También es muy intenso con aroma: frutos rojos y negros maduros como guindas, moras y cerezas. Notas de vainilla. Buen volumen y larga persistencia.

Santa Julia: De bodegas Familia Zuccardi, el varietal syrah posee un aroma y sabor con notas de ciruela y mora maduras, pasas de uva e higos secos. También podemos encontrar alguna notas de especias. Es de sabor prolongado.

San Felipe 12 uvas: Un clásico entre los clásicos. Esta caramagnola de bodega La Rural es un vino muy armónico y de mediano cuerpo, donde resaltan las notas a frutas rojas.

Norton Clásico: Por su trayectoria y vigencia, es uno de los vinos preferidos por los argentinos. Su buen cuerpo y equilibrado sabor, lo convierten en la mejor opción para disfrutar los tradicionales platos de nuestro país. Es un blend de cabernet sauvignon, malbec y merlot.

Alto Hermitage: Elaborado por Casa Vinícola Reyter, el Alto Hermitage Malbec es un varietal 100% de viñedos propios con seis meses de crianza en barricas de roble francés, lo que le aporta unos dejos ahumados y de vainilla sumamente agradables. Vale aclarar que este vino fue premiado con una medalla de plata en el Hyatt Wine Awards 2007 realizado en Mendoza.

Por último, una recomendación. Si están de viaje por San Rafael (Mendoza), en esta gama de precios hay muy buenas opciones en pequeñas bodegas como La Abeja, Acosta y El Rosal. ¡Salud!.

Por Fernando del Rio
fernandodelrio@lacapitalmdq.com.ar


La gente de Ediciones B, con la cual hicimos un ciclo de charlas de escritores durante este verano que ya se va apagando, -sofocando como las brasas de un asado-, me hizo llegar un libro gordo (No me hizo llegar, me envió... ¡qué costumbre esa que uno tiene de no decir las cosas como son!)
Bueno, llegó un libro. Un libro gratis, siempre es bienvenido. Porque no hay nada que perder más que tiempo. Le di la bienvenida y me sometí a él. "Experimentemos", me autoricé.
Su gráfica denunciaba la voluntad editorial de imponerlo en el mercado. Cuando un libro propone una sobredimensión de su diseño de tapa, hay que desconfiar. Los libros deberían tener solo el título en su tapa y en su lomo, y una sinopsis en su contratapa. Lo que se agrega de tapa se quita de contenido. Hay excepciones aunque siempre es mejor aquella versión de la misma editorial pero con tapa austera. Es el caso de Anagrama. Por ejemplo, "La Conjura de los Necios, ese librito amarillo (al menos el mío es amarillo) muestra inconsultamente la interpretación en dibujo de Ignatius Reilly. Lo primero que uno ve, disfrazado de pirata y comiendo panchos, es a la segunda bola de cebo de la historia literaria en esa memorable escena en la cual se dedica, sin éxito aparente, a trabajar en un carrito de "perros calientes".
A mí -a otros lectores puedo dar fe que le ocurrió algo similar- me afectó en el sentido de incorporarme un elemento previo que no debía yo recibir. Cuando lo leí por primera vez limitó el natural e incontrolado ejercicio de construcción mental del personaje. No me gustó eso. Anagrama suele poner dibujos interpretativos de objetos vinculados a la trama, de ciertas atmósferas, de detalles que no revelan mucho. Pero en "La Conjura..." fue un error. De todos modos, la novela confirmó en sus propios párrafos que es única y que bien vendrían algunos nuevos términos en la Real Academia Española para ponderarla. Pero mejor aún hubiera sido el efecto de la lectura si no partía yo con la idea de ese gordo de la tapa.
Bueno pero el tema era el libro que me habían regalado. Gordo y de tapa llamativa. Con el nombre del título y de su autor bien grandes: "La Sombra" de John Katzenbach. Un hombre misterioso, con una campera de lluvia cuya capucha le cubre la cabeza y un puñal con una cruz svástica en la mano derecha. Señas particulares: "best seller" o en su traducción al castellano, "mejor vendido".
Claro, el tipo Katzenbach escribe una historia de suspenso, bien urdida, con efímera literatura en sus páginas (hay varios párrafos que están muy bien, y los demás están muy mal). El murciélago Daniel Boggio decía ante los desesperanzados concurrentes a sus talleres: "no poder mantener el talento ni el esfuerzo los hace malos escritores". Una noche estábamos leyendo nuestros intentos de cuentos frente a Boggio y él fumaba y tomaba whisky (vaso trago largo, sin hielo). De pronto se levantó en medio de la narración y pidió la palabra. "Leé nuevamente esa oración", exigió y al escucharla la calificó de "muy buena, excelente, eso es literatura". Tomó un trago y dijo: "Lee el párrafo entero". Lo escuchó, para decir, "arrancó bien, pero está aflojando". Y antes de que el aprendiz siguiera dijo: "Inexorablemente el cuento será malo. La oración es excelente, el parrafo es flojo y el cuento es malo. Ni quiero pensar en lo que sería el libro entero". La Sombra me hizo acordar a ese principiante del cual uno aún no puede librarse.
Vale admitir que hay libros escritos solo para entretener en el sentido etimológico real de esa palabra. Quiere decir "distraer". Hasta pueden divertir. Pero nada tienen que ver con buena literatura. El debate siempre aparece cuando se formula este presunto antagonismo y se agota después de las segundas oraciones de cada una de las partes. Extrañamente un "best seller" (concebido como tal) sea buena literatura. En cambio es posible -aunque cada vez menos probable- que la buena literatura sea un "más vendido".
La Sombra es un libraco muy prolijo en su diseño y que cumple a rajatabla la receta del "best seller". Suspenso, un par de chicas lindas, un tema sensible y un héroe. Recuerdo a Abelardo Castillo que al definir "La Gran Aldea" de Lucio V. Mansilla dijo: "Vaya un día a una librería chiquita, si encuentra un libro descangayado titulado "La Gran Aldea", comprela. Si después de la primera noche no se da cuenta que es una de las mejores novelas de la literatura argentina... siga leyendo a Sydney Sheldon, qué me importa".

Por Fernando del Rio
fernandodelrio@lacapitalmdq.com.ar



No es justo.

El diario El País de España publicó días atrás un artículo sobre la misteriosa vida personal y legendaria vida literaria de J. D. Salinger, autor del celebrado "El guardián entre el centeno" o "El cazador oculto".

La nota justifica su publicación en la necesidad de recordar que Salinger aún esta vivo y que cumple 90 años. Para aquellos que desconocen a Salinger, vale decir que es uno de los autores estadounidenses más importantes del siglo pasado y que ha optado por destruir cualquier vínculo con el exterior. A Salinger, acaso tanto como al inolvidable y doloroso Seymour Glass -su personaje recurrente-, le ocurre que el exterior es todo aquello que lo supera físicamente, con un par de mínimas concesiones dentro de su propio entorno. Nada se supo de Salinger durante las últimas cuatro décadas y media, salvo una foto robada en un supermercado. Su cuento "Un día perfecto para el pez plátano" es tal vez el mejor cuento de los últimos 100 años en su género. Esto ha sido un exabrupto, perdón. Ese cuento es maravilloso por el dolor que transmite y por el poder de desnudar nuestras bajas reservas éticas, que creemos tener altas.

Lo cierto es que no quiero escribir sobre Salinger, sino sobre todo lo que me duelen las inevitables derivaciones del artículo del diario El País. En uno de los párrafos finales menciona a John Updike, Melville, Fitzgerald, al paso nomás.

Mi afición por la lectura se inició con Melville, con "Moby Dick". Ese libro, que habré leido antes de los 10 años, y sin saberlo me estaba dando el mandato de leer a los "yanquis" más que a ningun otro grupo de escritores. Hoy, algunos años más tarde, tengo debilidad por los escritores estadounidenses y cada vez que me planteo ésto, al mismo tiempo me reprocho no leerlos más. A Updike lo leí bastante, a Melville también, a Fitzgerald, ni hablar. Pero el artículo de El País me recordó que no leí a tantos otros que me duele. Es verdad, no es posible leer todo, pero siempre es posible leer un poco más. Y no es justo que te recuerden todo el tiempo que cuanto más lees, más te falta por leer.

Confieso que tengo una reminscencia anti-imperialista, como buen argentino. He tenido mis problemas familiares por no llevar a mi sobrina a comer patohamburguesas y eludir la Cajita Feliz. Hasta ahora no compré Nike. Y tuve algún otro gesto de autosatisfacción de ese tipo. Un bobo. Pero debo decir que me subyuga más que ninguna otra literatura, esta, la de los "yanquis". No obstante esto, no puedo considerarme un conocedor a fondo de la literatura estadounidense, pero sí un lector inquieto. Tan es así que recientemente lei a Don DeLillo por primera vez y que todavía no investigué a Philpp Roth. Hace unos meses, en la excelente revista local Métrica, Jorge Chiesa, un alguien que sabe y mucho de literatura estadounidense del siglo pasado, me avergonzó con Roth. En realidad el bueno de Jorge no hizo nada más que escribir sobre Roth y yo sentí vergüenza literaria.

Y es que de eso se trata este tormento, que por más que haya leído a Carver de punta a punta, a Cheever, a Ford, a Kennedy Toole, a Caldwell, a Faulkner, a Poe, a O' Henry, a Harte, a Bukowski, a Tim O' Brien, y a tantos otros, siempre habrá más y más para alimentar la insatisfacción. La insatisfacción del conejo Armostrong. La zanahoria siempre está más allá. No es justo.

La idea de esta columna es recomendar lecturas. Bueno, no es un inhallable, pero es supremo: "La fuerza bruta", de Steinbeck.

Paola Galano
paolagalano@hotmail.com


Todos inventos del marketing, que no me engañen. O bien inventos de alguien que alguna vez se puso a pensar en cómo hacer que el vino fuera lo que no es: materia de estudio, objeto de especialistas, elemento de laboratorio.

Los "sommelier" recomiedan sentir el gusto a madera donde reposó la mezcla antes de ser embotellada. Y no se quedan ahí: enseñan a distinguir el tinte a especies traídas de las Indias, el dejo a frutos del bosque, a los tropicales, a los cítricos, piden que el degustador se detenga en la brillantez, mientras hacen círculos con la copa y ponen cara de disfrutar del aroma que emana del buen vino... hasta deliran con sentir el gusto a viento rozando la pobre uvita que más tarde será triturada.

Ganaron terreno en los últimos tiempos, se los ve en programas de televisión, se los escucha en radio. La degustación es motivo de charla entre comensales, como si todos fuésemos conocedores acabados.

Bien lejos de estas nuevas tendencias -me animaría a decir que en las antípodas-, mi abuela me enseñó por qué en la cocina de toda dama es necesario -casi indispensable- tener siempre un vino berreta, el más berreta de todos, ése que cualquier tomador de medio pelo despreciaría, ése que cualquier marido no dudaría en tildar como un verdadero "mataratas".

Si es de damajuana o de envoltorio de cartón, mucho mejor dice ella, balcarceña, a punto de cumplir 80, criada en las fértiles tierras de Los Pinos.

Yo lo comprobé. Cuando las tardes prometían el verdor de los mates recién cebados, calentitos y apenas dulces, ella se aparecía con una fuente de "borrachitos" roceados con almíbar, tapados con un repasador limpio, porque a casa llegaba caminando las dos cuadras que separaban la suya de la mía.

Ingeniosa, charlatana, la visita de mi abuela siempre nos hacía y nos hace reír.

Creo que a fuerza de repetir la receta, ya la sabe de memoria. Ella dice: "Poné un kilo de harina común sobre la mesada. Hacele un hueco. Ahí colocá la medida de un vaso de aceite neutro o de girasol. Mezclá todo. A medida que la pasta necesita líquido, agregale vino tinto, cuanto más vino más oscura se vuelve la preparación, cuanto más barato, más intenso es el color del vino. Formá una pasta que la puedas amasar, que no se te pegotee en los dedos y dejala descansar media hora. Después cortá la masa en choricitos chiquitos y freilos. Antes de que se enfríen hacé un almíbar bien dulce y volcáselos. Ya están listos los borrachitos". Ideales para hacer y comer un domingo de lluvia.


por Fernando del Rio
fernandodelrio@lacapitalmdq.com.ar


La escritura expone a quien la intenta a ciertos riesgos, ajenos en otro tipo de expresiones. ¿Puede asomarse la soberbia en una melodía? ¿Cómo descubrir la vanidad cotidiana del artista en un bello cuadro? ¿A dónde debería buscarse la pedantería de un escultor mientras se contempla su diseño? ¿Y el fotógrafo?, ¿puede trasladar su estupidez a esa imagen?

Está claro que los académicos aburridos y aburridores poseen métodos de interpretación asociada de obras que luego alimentan sus ponencias en congresos a los que asisten otros académicos que les celebran con aplausos tan valiosos como los patacones de comienzo de siglo. Esos académicos dirán que sí, que en los trazos, en la iluminación, en los golpes de cincel y en los calderones está el reflejo del carácter del artista. Allá ellos. Pero, hay algo claro y convenido: la simbología más precisa y directa para significar que uno mismo es pedante, por ejemplo, no es otra que escribiendo "soy pedante". Por ello es que la literatura encierra el desafío de la literalidad o de la autorreferencia, que algunos no podemos superar. Pero haré el intento.

Digo esto porque para contar mi debilidad (devenida por limitaciones económicas en pasatiempo) por los libros usados referiré mi extraño encuentro con el Nobel alemán, Günter Grass. Y puede resultar vanidoso y pedante, pero la simbología está a mi favor. Por ahora.

Günter Grass me recibió en su casa-museo de Lubeck por esas fatalidades de la vida. Yo había empezado a leer algunos años antes de ese 2006 el fabuloso "El Tambor de Hojalata", pero lo había abandonado. A la mínima chance que me habían dado de visita a Grass yo le metí ilusión y me convencí. Tanto fue así que, dispuesto a no faltar el respeto de Grass, llevé a Alemania una edición usada, vieja, descangayada, de esa novela. Me la leí en los trenes los días previos. La cuestión es que la reunión se confirmó y pensé inevitablemente en hacer firmar el libro, que por otra parte, -confieso- me lo había prestado el Negro Moyano, un amigo exiliado de mi vida por estos días, no por aquellos.

Pero el libro era vergonzoso. Lo había maltratado mucho, en cada estación, en cada vagón. Era una insensatez presentarme ante Grass y, después de mi segura bobalicona pasmosidad por conocerlo, pedirle que me firmara ese cúmulo desprolijo de hojas. Pero no había otra opción. Detalles al margen, la charla llegó a su final y le estiré de manera irreverente el libro. También le exigí clemencia, piedad, con la mirada resignada. Pero Grass tomó el libro y me dijo: "¿Perdón, por qué? Estos libros usados me encantan, porque fueron leídos. Y cuanto más rotos, más leídos".

De más está decir que el libro lo atesoro en mi biblioteca, ¿no?

Creo que de eso se trata. El libro usado tiene, aún en una encuadernación menor, un valor agregado. Acabo de sacar de mi biblioteca el más valorado de los libros usados que tengo: Discursos Completos de Almafuerte, Editorial Claridad, tapa originalmente azul, año de edición no precisado pero cerca de 1930. La tapa y la contratapa están emparedando a las hojas con la misma disciplina que un sánguche playero que ve escapar su contenido al menor movimiento. Lo huelo y no será Channel pero es ese aroma al papel amarillo...

Yo los busco constantemente, aunque Mar del Plata tiene cada vez menos librerías de usados. Con mi amigo Moyano y mi otro compañero de ruta literaria, Sebastián Chilano, hemos competido más de una vez por ver quién aventajaba al otro en la relación buen libro-buen precio. Y hemos desplegado pequeñas deshonestidades ante el desconocimiento de algunos libreros que ponían en mesa de 3 pesos a Below, Carver, Pushkin, Lucio Mansilla, Updike, Steinbeck, Marechal o Flaubert. Pregunta equivocada al librero: "¿Este también vale 3?". ¡Error! "Me llevo estos dos de 3 pesos", se decreta mientras se sostiene un cuento de Conan Doyle y por debajo el increíble "Cuentos del Oeste", de Hartre.

Enumerar los sitios donde se compran libros usados sería una traición hacia mí mismo de no ser porque conozco -o intuyo- que siempre aparecen familiares dispuestos a sacarse de encima esas bibliotecas que no hacen más que juntar mugre.

La lista de lugares irá acompañada por el resultado de un segundo ejercicio de memoria, más complejo, que es el título del último libro comprado ahí.

Mercado de pulgas (Luro y 20 de Septiembre): "Cómo escribir para ser leído", de André Conquet -7 pesos- y "La feria del asilo", de John Updike -8 pesos-.

Mariano (Galería Torreón): "Diccionario de los infiernos", de Collin de Planci -6 pesos-.

Independencia y la costa (sobre el paredón que da a la playa): "Babbitt", de Sinclair Lewis -8 pesos-.

San Jorge (Corrientes y Moreno): "El Acoso", de Alejo Carpentier -8 pesos-.

Mercado de pulgas (por San Martín): "La Salvación", de Isidoro Blaisten -4 pesos-

Chesterton (Corrientes y San Martín): "Desde el ojo del pez", de Pablo de Santis -no recuerdo precio, pero menos de 10 pesos-.

Por último, ¿seré arrogante y jactancioso?